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Cuando terminé de ver La Nana lo entendí todo. Sí, todo. Entendí lo que significa ser un esclavo. Entendí por qué me fui de las radios. Entendí lo que realmente me da asco de las jefaturas verticales. Entendí por qué el país vive drogado en alcohol, diazepam, alprazolam, realitys y consumo. Entiendo que el director y el guionista nunca llegaron tan allá, pero en su película eso está casi en primer plano. Y es terrorífico. Claro, La Nana es una película de terror. Es asfixiante como el cloro que obsesiona a Raquel. Todos nos hemos ahogado en casas o trabajos y casi hemos desarrollado obsesiones extrañas, compulsivas, todas producto de la asfixia de no poder llevar a cabo una vida propia para salvar el pellejo. Y ojalá fuera sólo eso. A veces desarrollamos resentimientos tan profundos, sentimientos tan oscuros que dejamos de ver el sol en el verano.
Ya lo dijo Alejandro Fernández, el director de una de las películas chilenas más conmovedoras que he visto en la vida, Huacho. Todos somos huachos. Todos deambulamos solos y todos necesitamos pertenecer a una familia, sea la nuestra o la fantasía de una que no lo es. Huacho fue la firma que necesitaba ante esa idea pesada de realidad de país tercer mundista que somos, aún cuando queramos vernos como campeones. Algo así como arribismo global. Lo que nos faltaba. Huacho enseña que la única familia es la propia. El único oasis posible en una sociedad más bien injusta y a ratos demasiado cruel.
Así las cosas, La Nana es una Huacha. Nuestra Huacha. Como tú, como yo, como casi todos. Porque todos somos Huachos. Está relegada a una pieza de mierda y a una rutina de mierda. Una pieza con tele y control remoto. A vivir la vida de una familia que no le pertenece. El símbolo del arribismo puesto en ese chaleco de patrona (horrible, por lo demás), es como el audi del huevón que se lo compra a cien cuotas. Y la cara de la Patrona no pudiendo creer que una nana pudiera regalarle a otra nana un chaleco de una marca que no le pertenece es aquello que detesto de ambas clases: la de arriba y la de abajo. La que quiere ser algo que jamás será y la que siente que no es correcto. O ese tic fascista y capitalista de la Raquel de cuidar su metro cuadrado de algo que no le pertenece -pero que siente propio - dejando fuera de la casa a cuanta nana se le cruce, no se diferencia en nada en esos espectros que me me topado en la empresa privada que creen que el status que tienen les pertenece y caminan a codazos y serruchazos (y lo cierto es que nuevamente le pertenece a los bancos y no a ellos), cuidando su espacio con traiciones repugnantes, cerrándote cuanta puerta pillan. Y claro, como la Raquel, no somos malas personas, no somos intrínsicamente malos, la sociedad nos ha corrompido. Finalmente sólo necesitamos el kit básico de libertad, amor, alimento y alegría para ser buenas personas. No necesitamos ser espíritus en un mundo material. Porque somos de carne y hueso. Tenemos emociones. ¿Es mucho pedir ser reconocido persona? Pareciera decir Raquel mientras se está clavando unas pastillas para el dolor de cabeza que le produce la soledad y el sentirse invisible.
La Raquel caminando por Alonso de Cordova un domingo libre es el Chile fantasmagórico. Porque todos los chilenos somos unos fantasmas de nosotros mismos, me diría alguna vez Raúl Ruiz mientras tomábamos vino y mirábamos pokemones. Somos y llevamos todo aquello que no podemos ser. O somos caricaturas de algo que creemos ser. Y por eso en el resentimiento somos unos campeones mundiales. Porque no somos los que somos. Porque no sólo queremos vivir la vida de los que viven sus propias vidas, sino también dirigirlas desde el rumor, el pelambre y la crítica a nuestros actos desde una violencia desmedida.
Y también entendí el por qué del auge de las series de vampiros. Porque ese sentimiento de querer bebernos la sangre de los otros ante la inmortal e insufrible sensación de no vivir la propia vida. Y eso nos excita sobremanera. Teoría terrorífica número uno: nuestra pulsión sexual puesta al servicio de la más baja de las pasiones, la frustración. Así no hay orgasmos posibles. No señor.
Otro cineasta me dio otra clave: Sebastián Lelio me dijo una vez que la mayoría de la gente nunca sale del colegio. Trabaja en empresas que son colegios y nunca se aventura en su propia vida. Que era bueno salir del colegio y salir corriendo por los prados. Que ahí donde nace el peligro también nace lo que nos salva. Y que a la vida hay que amarla porque o si no deja de amarnos. Claro, en La Nana no hay posibilidad para la redención, porque la justicia social es precaria cuando no casi inexistente en una labor como esa. En Navidad sí hay redención, aunque el camino por el desierto no es menos doloroso y crudo. Ya lo verán. Pero Lelio tiende a la libertad con más energía. Su pulsión de vida que lo hace sentirse lleno de viento está presente en su película. Hacia al final hay una poesía eólica que simboliza romper las cadenas. Epica, que le llaman. Peliculón.
Entendí por qué, pese a todos los movimientos erráticos que circulan en los pasillos beige de la Concertación, votaré nuevamente por ellos y no solamente eso, sino que colaboraré con ellos. Porque pese a sus complejidades, torpezas y ambiciones, hoy por hoy son los únicos que me aseguran que intentarán sacar a la gente del peso de ser peones, nanas, empleados, entregando al menos herramientas útiles que signifiquen que otros puedan vivir al menos su vida, y no la que otros le imponen. Una posibilidad de respirar el aire propio. De hacer una mejor sociedad. De tener vida. De ser dueños de sus propias vidas, alejadas de patrones que ven al pueblo como mano de obra y no sólo como humanos que tienen el derecho a realizarse. Sólo les faltan herramientas. Ayuda. Protección. Sentirnos parte de una sociedad que avanza tras un bien común.
Eso y más vi en La Nana. En un país donde el 5% de la población son patrones, y el otro 95% nanas. Así no más las cosas, les digo con toda certeza, vayan a verla. O mejor dicho, vayan a verse.
Eso no más quería decir. Ah. también que el Cine es la RAJA.
pd: desde distintas veredas, con distintas sensibilidades, Sebastián Silva, Alejandro Fernández y Sebastián Lelio hablan de casi lo mismo. Unos más irónicos, unos más contemplativos, otros más aguerridos. No intenten separarlos con disputas mezquinas de quién gana o pierda porque ya están unidos. Lo cierto es que somos una mejor generación comparada con las anteriores, sin lugar a dudas. Y las que vienen sin duda serán mucho mejor. Algo hemos progresado, ¿no?
















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